En el patio de un fuerte de color arena con cuatro torres de vigilancia puntiagudas, M’Beirik Messoud mira por el cañón pulido de su kaláshnikov. Messoud, que es brigadier del ejército mauritano, tiene que pasar los próximos días patrullando el desierto en la frontera con Malí, donde se ocultan los yihadistas. La zona fronteriza que recorre con su equipo es tan inhóspita que ni los todoterrenos más resistentes llegar hasta allí. Por eso, Messoud y sus hombres no atraviesan las llanuras arenosas en un 4x4, sino a lomos de camello.
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